miércoles, febrero 10, 2016

El niño proletario (un cuento de Osvaldo Lamborghini)




Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.

Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.

El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.

En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.

Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.

Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al niño proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.

Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.

¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo.

La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.

Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror o por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.

A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro, y nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.

No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.

Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.

Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.

Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.

Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.

Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: el primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.

Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmemente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.

A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.

Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.

Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.

Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.

-Yo quiero succión -crují.

Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulos-falanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el cuello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza.

Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.

Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí.

Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:

-Habrás de lamerlo. Succión-

¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer.

A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mí crujir.

Era un espacio en blanco.

Era un espacio en blanco.

Era un espacio en blanco.

Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria.

Desde la torre fría y de vidrio. Desde donde he contemplado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.

Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.

Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo. Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo. Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.

-Ahora hay que ahorcarlo rápido -dijo Gustavo.

-Con un alambre -dijo Esteban en la calle de tierra donde empieza el barrio precario de los desocupados.

-Y adiós Stroppani ¡vamos! -dije yo.

Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.


[De "Sebregondi retrocede", publicado en 1973 © herederos de Osvaldo Lamborghini]



viernes, noviembre 21, 2014

Todo es piedra o El mar de lágrimas (Dieter Roth)



1. Una lágrima es mejor que una mala palabra.
2. Dos lágrimas son mejores que una lágrima.
3. Una palabra es casi tan buena como una lágrima.
4. Una lágrima no es una palabra.
5. Una piedra no es una lágrima.
6. Una piedra es una piedra.
7. Una piedra no es una piedra.
8. Una lágrima no es una piedra.
9. Muchas lágrimas son más que ninguna piedra.
10. Ninguna piedra es mejor que una mala palabra.
11. Un mar de lágrimas es un mar.
12. El mar de lágrimas es un mar que viene de las lágrimas.
13. Una lágrima es un mar.
14. Una piedra es una montaña que brota del mar.
15. Una piedra es tan buena como una lágrima.
16. Una mala palabra no es ni una piedra ni una lágrima.
17. El mar es una lágrima.
18. Algunas lágrimas son algunas piedras.
19. Una piedra será una lágrima.
20. Una piedra es mejor que una mala palabra.
21. Tres piedras son mejores que dos piedras.
22. Dos piedras son mejores que tres piedras.
23. Dos lágrimas son mejores que cinco piedras.
24. Veinticuatro piedras son mejores que ninguna lágrima y una mala palabra.
25. Una Coca Cola es una piedra y una lágrima.
26. Doscientas piedras son mejores que doscientas piedras.
27. El mar de lágrimas.
28. Las piedras.
29. Las malas y las buenas palabras.
30. Las malas palabras.
31. Las malas lágrimas son lágrimas.
32. Una buena lágrima es algo que es bueno y sin lágrimas.
33. Una lágrima es algo bueno.
34. Todo es piedra.
35. La mala palabra petrifica.
36. Las lágrimas son mejores que la suavidad de las piedras.
37. Los seres no siempre sufren por las lágrimas.
38. Todos los seres lamentablemente se lamentan siempre.
39. Si un lápiz se cae de la mano, es una lágrima que brota del ojo.
40. Todo lo que cae son lágrimas.
41. Nadie ha llegado a ser sin llorar sabiamente.
42. Muchos han llegado a ser sin llorar sonoramente.
43. Todos lloran siempre.
44. Todos están en silencio.
45. Todos son por lo general sabios.
46. Todo lo que cae, cae en el mar.
47. Todo lo que cae en el mar, sube.
48. El mar es un navío.
49. El navío es un mar.
50. Las lágrimas son un navío en el mar de lágrimas.
51. El cantante es un gallo.
52. Todo esto es un submarino.
53. El mundo es un submarino.
54. Un avión es una mala palabra.
55. Los edificios quieren caer al mar.
56. Las malas palabras aletean en las orejas.
57. Desahogarse es dormirse.
58. Un buen comienzo es un mal final.
59. Una lágrima es tan mala como una buena palabra.
60. Sucederá una vez.
61. La humanidad se quedará cada vez menos dormida.
62. Cuando el ángel levanta vuelo y deja sus ojos en la mesa, esas son 2 lágrimas.
63. El habitante del mar es una esponja nauseabunda.
64. El miedo al 13 es algo.
65. Los que lloran quieren ser llorados.
66. No le crean a Bernd B. porque quienes enseñan no quieren ser enseñados.
67. ¿Quién quiere perder aquello que lo acompaña?
68. Quien me sirve un bife recibe por eso un llanto.
69. Quien me sirve un bife recibe de mí dos bifes servidos.
70. La carne estará lista cuando haya pasado una hora (adivinanza).
71. La carne está lista si ha pasado una hora.
72. Si él me sirve un bife recibe a cambio un bife servido por ti.
73. Si él me sirve un bife recibe a cambio un bife servido por mí.
74. Alguien que me sirve un bife recibe un bife servido por mí.
75. ¿Alguien que te sirve de nuevo un bife a ti recibe de nuevo un bife servido por ti?
76. El que te sirve de nuevo un bife a ti recibe a cambio un bife servido por mí.
77. El que me sirve 2 bifes recibe un bife servido por mí.
78. El y ella, que me sirven un bife, reciben dos bifes cada uno servidos por mí.
79. Las vacas nos han servido la mayoría de los bifes.
80. Ella, que no me sirve ningún bife, recibe como adelanto de ti o de mí 10 bifes.
81. La inspiración para solucionar el problema de los bifes se encontrará mientras se completa
MASCULINO o FEMENINO en la planilla para el embarque aéreo.
82. Muchos están verdaderamente locos.
83. En general, los hombres viven en un valle de lágrimas.
84. En lágrimas vive el hombre en general.
85. En vides vive el hombre en el jardín.
86. “¿En qué consiste el tiempo? En que transcurra.”
87. “¿En qué transcurre el tiempo? En aquello en que persiste.”
88. “Si muchas cosas transcurren, otras persisten.”
89. “Si también muchas cosas persisten, la mayoría transcurre.”
90. “Si también muchas, incluso la mayoría, transcurre, la mayoría persiste.”
91. “Si también muchas cosas transcurren, el Stadtanzeiger persiste.”
92. “Si también el Stadtanzeiger persiste, transcurre.”
93. “Si también el Anzeiger transcurre, tu y yo persistimos.”
94. Quien llega, ¿es un extraño?
95. Si alguien habla sobre mí, ¿es el, la o lo yo?
96. Si alguien habla sobre ti, ¿es el, la o lo tú?
97. Si alguien habla sobre ti, ¿no es el tú?
98. Si alguien discurre sobre ti, ¿no es la tú?
99. Si alguien habla de ti, ¿no es lo tú?
100. ¿Puede el, la o lo hablar sobre el, la o lo sin ser el, la o lo?
101. ¿Puede el hablar sobre la sin devenir y ser eso?
102. ¿Puede la hablar sobre el sin devenir y ser eso?
103. ¿Puede uno hablar en contra de otro sin ser este?
104. ¿Puede un ser mirar algo sin devenir y ser eso?
105. ¿Puede un ser mirar algo sin devenir y ser eso que mira?
106. ¿Puede eso ser?
107. ¿Puede esto ser?
108. ¿Puede eso esto ser?
109. Una lágrima puede a veces no ser ninguna lágrima.
110. A veces puede una lágrima ser una sola lágrima.
111. A veces puede la lágrima ser una lágrima sola.
112. ¿Pero puede una lágrima ser una lágrima y no ser ninguna.
113. ¡Claro que sí! ¡Una lágrima puede ser tanto una lágrima como una lágrima!
114. Quien domina esta o aquella vida es un tipo particular de idiota.
115. Quien discute esta vida está sospechosamente vacío de lágrimas.
116. Aquello que sube muchas veces baja.
117. Aquello que asciende por lo general sube.
118. Aquello que llora sueña por lo general con un valle de lágrimas.
119. Aquello que vuelve tan atractivo al valle de lágrimas es su naturaleza fluida, su fluidez.
120. A veces un río fluye por el valle de lágrimas, es decir, raramente ocurre algo bueno.
121. Raramente ocurre lo frecuente.
122. Siempre ocurre algo.
123. Pronto todo será como si no hubiera sido.
124. Con frecuencia, todo es nada.
125. Con frecuencia, uno se dice: “¡Qué significa todo esto!”.
126. Con frecuencia, uno se pregunta: “¿Qué significa todo esto?”.
127. “Son algunas cosas más entre todas las cosas”.
128. “Es sólo alguna cosa más entre las cosas”.
129. “Es sólo una de esas cosas”.
130. Con frecuencia, uno se pregunta: “¿Qué significa eso?”.
131. Con frecuencia, uno se pregunta: ¿Qué significa eso?
132. Con frecuencia, uno se pregunta: ¿Qué significa eso?
133. Con frecuencia, alguien quiere algo.
134. Casi siempre, alguien quiere algo.
135. Casi siempre, algo empieza.
136. Casi siempre, alguien sufre.
137. El salame tiene 2 contrarios: lo salami y la salame.
138. La salame tiene 2 contrarios: al salame y a lo salame.
139. Lo salame tiene 2 contrarios: a la salame y al salame.
140. “El sinsentido tiene dos contrarios: el sentido y el sinsentido”.
141. El diablo tiene 2 cuernos.
142. La vaca tiene dos cuernos.
143. La vaca tiene 2 cuernos.
144. Los hombres tienen mañas.
145. Los animales no tienen oficio.
146. El primer oficio de los hombres es el grito.
147. El oficio secundario de los animales es estar aquí.
148. El oficio secundario de los hombres es poner el grito en el cielo.
149. El primer oficio secundario de los hombres es el lloriqueo.
150. El hobby de los hombres es la tontería.
151. La decadencia de los hombres es su hobby.
152. El hobby secundario de los hombres es hacer sus necesidades.
153. El primer hobby de los H. es sufrir, ser infelices y tener mala suerte.
154. La alegría de los hombres es el aseo, o bien la suciedad.
155. El ideal de los H. es el bien.
156. El primer ideal de los H. es lo mejor y lo segundo mejor.
156. El auténtico ideal de los H. es el mal.
157. El ideal secundario de los hombres es su ideal.
158. El mayor enemigo de las mujeres es el hombre.
159. El segundo mayor enemigo de las mujeres son las mujeres.
160. El supremo enemigo de las mujeres es el niño.
161. El meyor enemigue de les mejeres es el nene.
162. El tercer mayor enemigo del hombre son sus niños.
163. El cuarto mayor enemigo del hombre son los niños en general.
164. El tercer mayor enemigo del hombre y de la mujer también es lo fluido.
165. El segundo mayor enemigo de la mujer es lo sólido.
166. El supremo enemigo del niño es el hombre bueno o el hombre malo.
167. El supremo vecino de la mujer buena es el hombre malo.
168. La supremísima enemiga de la mujer es el enemigo bueno, neutral o malo..
169. El supremísimo amigo de la mujer es el enemigo.
170. De lejos, la mayor mujer es el niño.
171. De lejos, la cosa suprema y mejor no se ha visto.
172. Los animales grandes no quieren ser humanos.
173. Tampoco los animales pequeños quieren ser humanos.
174. ¿Por qué debería hacer uno algo que otro puede hacer peor?
175. Allí donde los llamados hombres son malos, las llamadas mujeres son buenas.
176. Al ser buenas, ¿pretenden las mujeres arruinar lo malo del hombre?
177. No, al ser buenas, las mujeres quieren quitarle de bajo los pies la alfombra de la maldad.
178. Las lenguas mutuamente cargadas se deslizan sobre sus cargas.
179. El habitante del saber es un repartidor de embutidos en bancarrota.
180. El habitante del progreso es un probado mujeriego.
181. El habitante de la técnica es un vomitivo.
182. Estar enfermo es algo asqueroso.
183. Los humanos serán montados hasta quedar exhaustos.
184. Una persona monta a otra hasta que quedan ambas exhaustas.
185. Si me dices buenos días, el me morderá el dedo.
186. Si me dices buenos tardes, el me morderá el dedo.
187. Quienes se miran a los ojos se muerden las cabezas.
188. Todos muerden los dientes de otros para que (no) puedan devorarse.
189. La medida de la bondad de los hombres es la agudeza de sus dientes
combinada con la del estómago.
190. Los humanos se comen a todos.
191. El paté de hígado y el chucrut son caníbales.
192. Lo que trago me traga.
193. Lo que tragas te come.
194. Lo que él come, lo come. Así no puede ser lo que es.
195. Ella traga aquello que extraña.
196. Ella traga a quien extraña.
197. A quien ella extraña, la traga.
198. Ella es tragada por quien extraña.
199. Al que extrañamos, nos falta.
200. Busquemos a quien extrañar, él nos tragará.
201. Aquello que tocamos, nos borra, y aquello que ellos borran,
encontrará su camino en nuestros estómagos.
202. Nosotros los tragaremos.
203. ... en el caso de que ellos nos traguen.
204. -¿Viste la luna? -¡No!
205. -¿Supiste qué es la luna? -¡No!
206. -¿Viste a los hombres, los animales, la tierra, y a mí y a tí? -¡No!
207. -¿Me viste? -¡No! -¿Me ves? -¡No!
208. -¿Te viste? -¡No!
209. -¿Me verás? -¡No!
210. -¿Te verás? -¡No!
211. Un estrépito modesto suele sonar como un gran ruido.
212. “cogito ergo mudo”
213. Lo, el o la sólo pueden ser llamados neutros si lo, el o la no toman partido ni siquiera una vez.
214. El, la o lo sólo pueden ser llamados neutros si el, la o lo no toman ningún partido.
215. La, lo o el sólo pueden ser llamados neutros si la, lo o el no toman el partido del adversario.
216. Sólo lo puede ser llamado un humano que no cree ni en lo navideño ni en lo pascual.
217. Sólo tiene la libertad de no ceer en lo navideño quien nunca conoció lo pascual.
218. Que no haya nada de qué reírse queda a criterio del lector.
219. ¡Oh, Ángel, tus lágrimas tenaces!
220. ¡Oh, Ángel, tus lágrimas pertinaces!


Estos textos fueron originalmente publicados como avisos clasificados en el periódico suizo Anzeiger Stadt Luzern und Umgebung, en el año 1971. Los avisos serían doscientos veinte y se publicarían a diario. Sin embargo, publicados algo más de cien, el diario decidió rescindir el contrato debido a las ardientes quejas de sus lectores, quienes aducían no entender los avisos (extraído del Diario de Poesía N°81 - Dic.2010-Abr.2011).

martes, julio 01, 2014

Pieza de cañón - Yoko Ono


Pegar el nombre de uno en la ventana.
Conseguir un cañón prestado.
Alejarse a cierta distancia y hacer fuego
contra el nombre.
El nombre puede ser un nombre o un número
tomado al azar de la
guía telefónica.
Si no se consigue un cañón pueden
usarse ametralladoras, flechas, piedras,
escupidas, meadas, agua de manguera,
o cualquier otro método.
Si no se consigue nada, salir y mirar
hasta que el nombre se haga irreconocible
en el crepúsculo.
Puede usarse telescopio para mirar.

Otoño 1963



jueves, octubre 24, 2013

La Zanjita (Juan Desiderio)



I.

Meté la mano
sacá lo hueso de poyo
de la zanja
meté la mano
te cortaste lo dedo
por sacar la mitá
de lo cien peso
de la tierra
y sus tendones
se vieron hermosos
bajo el sol


II.

Esto es un laboratorio
bienvenidos
el brazo derecho
arrodiyese ahí
la sangre espesa
no respire
a usté no le sale nada
deme el otro brazo
aprete esta piedra
largue
aprete
largue.
La piedra
en la cabeza del enfermero.
Y esto pasó.
Los dos están prófugos.
El enfermero
no recuerda su nombre.


III.

—Bitácora de vuelo—
—no te hagás el espok
y corré más rápido
que nos matan
esto marciano de la 19
y te van a rodar
las orejas
hasta la zanja.
—La zanja. La recuerdo
tomando sol
a orillas de la zanja
sus pelos con abrojos
excitaban
a lo vendedore
de sandía
y su risa
helaba el barrio
todos la veían
le creían santa
por el barro seco
que frotaba en su pierna
y aparecía como
santa rita envuelta
en una nube
con su cara
color acero y
—seguí corriendo
que nos cagan a palo
—y te acordá del viejo
que creía ser san jorge
y yevaba al matungo
a tomar agua
a la zanja
se sentaba siempre
sobre el caño ése
que estaba roto
y miraba a la gente
y veía dragone corría
a los pibes les quería
sacar lo dragone
de la cabeza
te acordá
—sí, eran piojo
—no, loco
eran dragone en serio
—espok
no digá boludece
y decile a tu piba
que compre faso y gayetita.


IV.

—Uy, mirá a quién traen
—Uy, el pelahueso
Y todos los yiros
besaron al pelahueso
lavaron sus pies besaron
sus ojos acostaron
al pelahueso rezaron y fumaron
hablaron
sobre las visiones en el cementerio
y mordieron las nalgas de
pelahueso
su salud se complica
y todo el bajo flores
prepara un homenaje


V.

La zanjita. A la zanja
según el más viejo del barrio
la creó el diablo
allá por el año en que
el más viejo del barrio
perdió una pierna
en una guerra en la que todos
perdieron una pierna
pero el más viejo
cree que el diablo bajó
con un látigo
pa castigar al hijo del del
garage porque se curtía dó
vino blanco por hora y a la
hija del cartero no
entonce enfurecido
pegó un chutazo
y volaron la piedra
y el barro
—ahora van a venir lo sapo
y la culebra
y todo lo vecino
van a ser bautizado
en esta zanja—
El diablo se fue
y lo sapo
no nos dejaron dormir
nunca más.








domingo, diciembre 16, 2012

Gota (Ricardo Zelarrayán)



Se viene... Hasta que el balazo se cansa, mas manso que una gota.

Mano mansita, mosca aplastada. La mula mansa escupe jinetes y el vuelo fracasa, nariz en tierra.

Se viene cabeceando de arriba sin costado. Piedra costra cosedora no aguanta. El pato si no se acuesta patea miel hasta que lo despierta el viento.

Se viene sin costa. A la reventada llaman.

Se viene hasta que la llama se apaga. De mientras, cuerpea. Suspiro humea, huracaneado.

Sapo, sapón reniega. Pero se viene, y al vuelo se arman puños de hormigas.

Espina, balazo, todo es cuestión de tiempo, incansable campanita
sorda, gorda. Y flaco escopetón. Mierda. Y a la que sigue
que es la que se viene.

Se viene con o sin ruido, humo o viento, sapo desdentado.
Llovido o sudada gota, se viene filo sin lomo.
Se viene la gota al derecho y al revés de todos los reveses
de la dichosa gota.

Se viene el aplaste. De lo goteado espeso al filo.

Se viene con amanecer cambiado, aunque no se note mucho.
Un día nacido para ser olvidado, se viene suelto, entreverado,
disimulado entre las mulas tontas de la pendiente apenas
soleada.

Se viene para irse para siempre o como siempre. Pero esta
vez el tranco es corto para el despegue. Ceniza es cuero.
La tierra se cuartea sin humo.

Se viene desparejo entre tranco y tranco. Tiro al aire.
Y otra vez al balazo se muere nomás, buscando quien lo olfatee.

Madera y hueso arden, hojas aparte. Soplar lo seco, quemarropa.

Se viene nomás, garrotes sin arder, sin rodillas, enteritos.
Y las tinieblas, oscuras borregas, buscan el sol que las muerda.

Muerde mierda. Cruz ladeada al galope. El día se escapa,
la trompa arenosa.

Se viene la piedra dura, mientras todo vuela y lo que es lo
mismo, lo que se secó se aguanta hasta que le dé el cuero.


[de "Roña Criolla" (1991)]







domingo, abril 03, 2011

He visto morir... (Roberto Arlt)



Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanosos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía.


Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
“..de acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
“..artículo número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
“..estamos probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles… bando… dése copia… fija número…”
Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
“..Dése vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”

Habla el Reo.


-Quisiera pedirle perdón al teniente defensor…
Una voz: -No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!.
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
-Venda no.
Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
-Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
-¡Viva la anarquía!
-¡Fuego!
Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.
Fogonazo del tiro de gracia.

Muerto.


Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
-Está prohibido reírse.
-Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

[de "Aguafuertes Porteñas"]




Severino Di Giovanni. Foto de prontuario después de la detención en el Teatro Colón. 
(8-6-1925)



sábado, febrero 26, 2011

Canto nupcial (título provisorio) (Susana Thénon)



me he casado
me he casado conmigo
me he dado el sí
un sí que tardó años en llegar
años de sufrimientos indecibles
de llorar con la lluvia
de encerrarme en la pieza
porque yo -el gran amor de mi existencia-
no me llamaba
no me escribía
no me visitaba
y a veces
cuando juntaba yo el coraje de llamarme
para decirme: hola ¿estoy bien?
yo me hacía negar
llegué incluso a escribirme en una lista de clavos
a los que no quería conectarme
porque daban la lata
porque me perseguían
porque me acorralaban
porque me reventaban
al final ni disimulaba yo
cuando yo me requería
me daba a entender
finamente
que me tenía podrida
y una vez dejé de llamarme
y dejé de llamarme
y pasó tanto tiempo que me extrañé
entonces dije
¿cuánto hace que no me llamo?
añares
debe de hacer añares
y me llamé y atendí yo y no podía creerlo
porque aunque parezca mentira
no había cicatrizado
solo me había ido en sangre
entonces me dije: hola ¿soy yo?
soy yo, me dije, y añadí:
hace muchísimo que no sabemos nada
yo de mí ni mí de yo
¿quiero venir a casa?
sí, dije yo
y volvimos a encontrarnos
con paz
yo me sentía bien junto conmigo
igual que yo
que me sentía bien junto conmigo
y así
de un día para el otro
me casé y me casé
y estoy junto
y ni la muerte puede separarme





jueves, diciembre 23, 2010

La travesti y el cuervo (Copi)



El día en que María José se dio cuenta de sus poderes se produjo un giro decisivo en su vida. Única superviviente de un accidente de aviación, se despertó quince días después en la habitación de una clínica parisiense. Le dijeron que padecía un traumatismo craneal. Le habían levantado la tapa de los sesos, y pocos días más tarde le colocaron otra, de metal esta vez, que le recosieron por debajo del cuero cabelludo, una vez debidamente rasurado; su cabello, luego, volvió a crecer tan crespo y espeso como antes. No era ésta la primera intervención quirúrgica que sufría María José. Había nacido en el norte de la Argentina, en la provincia de Misiones, de sexo masculino, dieciocho años atrás, como último retoño de una familia de veinticinco hermanos y hermanas, cada uno de un padre distinto. Había sido educada por su hermano mayor, que la vestía de chica, y lo prostituyó a los seis años. Eran varios los que en su misma favela estaban en similar situación. Era el sino de los hijos menores de las familias pobres: mestizos de indios, negros, blancos y asiáticos, descendientes de esclavos importados por los jesuitas, más los aborígenes y los mismos jesuitas. El mestizaje en cascada previsto por los jesuitas, después de seis generaciones, producía niños de una belleza inaudita, que hacían las delicias de los pedófilos del mundo entero. Charters de ancianos de ralos cabellos teñidos y dentaduras deslumbrantes llegaban desde Munich, Boston y Viena al aeropuerto de Misiones, convertido en burdel de niños. José María fue vendido a la edad de quince años por la bonita suma de cien mil dólares, a Louis du Corbeau, un riquísimo coleccionista de arte de nacionalidad francesa. Para celebrarlo, Pedro, el hermano mayor de José María, gastó una buena parte de la dote en dejar pasmada a la favela. Después de danzar la macumba toda la noche, y ebrio de cachaça y de marihuana, José María se marcó aún unos pasos de samba en la escalinata del avión que había de alejarlo de Misiones para siempre. Louis du Corbeau poseía un pequeño cháteau en el Berry, cerca de la clínica donde José María se transformó en María José, después de una docena de delicadas operaciones quirúrgicas. A los diecisiete años se había transformado ya en una radiante criolla de puntiagudos senos, y dotada de un sexo femenino en el que Louis du Corbeau podía incluso introducir su dedo índice. Por otra parte, ello no le procuraba el menor placer a María José. Conocía bien su destino poco común, y el placer que de tal conciencia extraía nada tenía que ver con el sexo. Reinaba en su château del Berry sobre una docena de criados blancos, a los que martirizaba hasta donde se lo permitía la ley francesa. Louis du Corbeau la adoraba hasta la locura, y no le permitía salir nunca del castillo. Sólo el médico que había practicado el cambio de sexo, y la anciana hermana de Louis du Corbeau, superiora de las carmelitas de un vecino convento de clausura, y que nada sospechaba del asunto, estaban autorizados a penetrar en el castillo. Una vez por semana, Louis du Corbeau la llevaba en su avión particular, que piloteaba él mismo, a París, donde pasaban uno o dos días, alojados en el Hotel Ritz, de la Place Vendome. María José, siempre acompañada por Louis recorría los establecimientos de los grandes proveedores de fruslerías de este mundo, donde podía escoger lo que quisiera sin límites de precio. En una ocasión, llegó a adquirir toda la colección de Dior y todo el escaparate de Cartier, para poder elegir con tranquilidad en su château del Berry, delante del espejo, y con la ayuda de su cuñada carmelita, Anne du Corbeau. Esta sentía una inmensa alegría por el acto de caridad que había realizado su hermano al casarse con una pobre desheredada, por cuyas venas, sin lugar a dudas, corría sangre de jesuita. Louis du Corbeau le ofrecía una vez al mes una cena en Maxim's, seguida de un baile en los salones del Ritz, donde recibían a sus amistades, a las que jamás invitaban a su casa. María José pudo así hablar de moda con Saint-Laurent, de cine con Sofía Loren y de política con Jackie Onassis. Su belleza indiscutible dejaba en un segundo plano a su inteligencia. La elegancia con que podía llevar un corpiño enteramente recamado de diamantes con un armiño y una pamela de plumas de ave del paraíso para subir las escaleras de la Opera la hacían figurar de manera completamente natural como uno de los integrantes del jet-set. Aquel lunes, María José se aburría mortalmente en su château del Berry, e insistió para convencer a Louis de pegarse un salto hasta París, con ocasión del Catorce de Julio. Louis du Corbeau, que detestaba las muchedumbres parisinas, le negó tal capricho. Ella lo amenazó por vez primera con dejarlo. Louis du Corbeau consintió en pilotar su avión hasta París, pensando ya en desembarazarse de aquella joven esclava que en menos de tres años se había transformado en una esposa tiránica. Pero María José fue mucho más rápida en su instinto criminal, movida sin duda por mayores motivaciones. En pleno vuelo, lo noqueó con un bastón de criquet y tomó su lugar al mando del avión, que acabó estrellándose sobre una autopista, un segundo después de haber saltado sobre el arcén central. Pero el destino hizo que un coche que venía en sentido contrario, para evitar al avión, se metiera por el arcén. De ahí su traumatismo craneal y la adquisición de sus nuevos poderes. Esto fue algo que no llegó a advertir de inmediato. Apenas vuelta en sí, lo primero que vio, inclinada sobre ella, fue el rostro de madre de Anne du Corbeau, la hermana de Louis.
-Estás viuda, mi pobrecita niña -sollozó la monja-. ¿Qué será ahora de ti? ¡Tendrás que venirte conmigo al convento! -María José cayó en un profundo sueño, con la sonrisa dibujada en los labios. Se despertó bien entrada ya la noche. Se hallaba sola en su habitación de la clínica, todo estaba en silencio. Sentía sed. Se giró para ver si había una botella de agua sobre su mesilla de noche; ni rastro de botella.
La puerta de la habitación se abrió, y un vaso lleno de agua, posado sobre una bandeja, penetró por sí solo en la habitación y fue a posarse sobre la mesilla de noche. Creyó que se trataba de una alucinación, producto de la fiebre. Extendió la mano por si acaso y tomó el vaso que era perfectamente real. En cuanto al agua fresca, jamás en su vida había bebido una que calmara tan bien la sed. Era pues la única heredera de Louis du Corbeau, propietario de la más completa colección del mundo de arte precolombino, sin contar los Rubens y los Géricaults que tapizaban las paredes del château del Berry. Se preguntó qué podría hacer con su fortuna. Ahora Louis ya no estaba allí para poner freno a sus caprichos. ¿Continuar frecuentando el gran mundo de Maxim's sin Louis? Sin duda sería la viuda más codiciada del jet-set, ¿pero total para qué? ¿Para encontrar un marido tan rico como el que acababa de perder? No, eso nunca. ¿Y un amante? Obligada a practicar la sexualidad desde su infancia, su frigidez era total, y el cambio de sexo no había mejorado las cosas. Consideraba a su cuerpo del mismo modo que el titiritero considera a sus títeres, objeto de fascinación y turbio deseo para el espectador, pero con un alma alojada en realidad en el arte digital del maestro de títeres. Sus recientes poderes le parecían, por tanto, naturales, como extraídos de la fuente misma de su personalidad. Dedicó un pensamiento enternecido a Louis du Corbeau; lo iba a echar de menos en los pequeños detalles de la vida diaria. Si, por ejemplo, siguiera aún vivo, su habitación de la clínica estaría en aquel momento llena de ramos de flores. Al instante, vio entrar por la puerta varias docenas de jarrones llenos de soberbios arreglos florales, que se colocaron por sí solos en torno del lecho, entrechocando contra las baldosas al posarse en el suelo. Al poco, oyó pasos que se acercaban por el pasillo. Una enfermera hizo su aparición. Permaneció inmóvil en la puerta durante algunos segundos, asombrada por la radiante sonrisa que mostraba una enferma hasta hacía apenas media hora sumida en un profundo coma.
-¿Así que se ha despertado usted? y se acercó a tocarle la frente. La fiebre había descendido considerablemente.
-¿Pero quién le ha traído esas flores? ¿Ha venido alguien a hacerle una visita?
Una mano invisible agarró a la enfermera por los cabellos y la levantó del suelo unos cincuenta centímetros. La mujer lanzó un grito que hubiera podido despertar a todo el hospital, antes de caer al suelo, lastimándose un tobillo. La habitación se llenó inmediatamente de enfermeras, y María José se hizo la dormida.
Cuando todo el mundo hubo salido de nuevo, llevándose los jarrones de flores, se durmió de verdad en el colmo de la dicha. La obligaron a permanecer aún tres días más en la clínica, ya que su repentina recuperación intrigaba a los médicos. No comprendían que pudiera encontrarse en tan perfecta forma después de haber sufrido una trepanación que había durado seis horas, y sin necesitar siquiera de calmantes. Pero ignoraban que María José era una asidua de los quirófanos. Se obligó a sí misma a no exhibir sus poderes en público, por más que se sirviera de ellos cuando estaba a solas, para vestirse e incluso para trasladarse de una habitación a otra. Nunca más volvió a pisar el Berry, del mismo modo que nunca había vuelto a Misiones. Convocó en el Ritz al asesor financiero de Louis du Corbeau, quien le comunicó que podía firmar talones hasta un total de quinientos mil dólares al mes, sin tener que tocar su capital, invertido en las cuatro esquinas del mundo. Lo despidió rápidamente, y por primera vez se vio a solas en su suite del Ritz. Era a principios de agosto, y todos sus conocidos habían abandonado París para las vacaciones de verano. Se hizo subir la cena, y durante un rato se divirtió arrojando compota de manzana contra los candelabros, pero pronto se aburrió de este tipo de juego. Tenía clara conciencia de que no podía desear nada que no poseyera ya, y el espectáculo del mundo la dejaba más bien indiferente. Eran las nueve y media de la noche. París estaba vacío aquel viernes quince de agosto. Se puso un vestido de noche de seda blanca, con el escote ribeteado de pequeñas perlas, y se envolvió en un chal de suave pelo de vicuña. Se decidió por unos aretes de esmeralda -el color de sus ojos- y un bolso de cocodrilo blanco, el mismo color que sus sandalias de cabritilla. Mandó llamar un coche con chofer. Este, un hombre de sesenta años, se vio sorprendido ante la pregunta: -¿En qué sitio de París puedo encontrar clientes? -¿Ya lo ha intentado usted en el bar del Ritz? Tal vez encuentre usted mejor clientela en él George V. ¿Quiere que la lleve allí?
-i Yo no soy una puta, soy yo la que paga! El chofer recibió en la cara un puñado de billetes de quinientos francos. Marcel, el chofer, creía conocer toda clase de gentes raras en París, pero esto lo desbordaba...
-Si quiere hacer el recorrido turístico de París, puedo llevarla. ¡Conozco a todos los porteros de los cabarets de Pigalle!
jPigalle! María José soñaba con Pigalle desde su infancia, porque para ella era mucho más París que el Ritz o Chez Cartier. Pero Louis du Corbeau le había prohibido siempre pasar por allí, aunque fuera en coche. Ahora era la ocasión soñada. Marcel, chofer nocturno desde hacia veinte años, y homosexual también, había olisqueado a la travesti por debajo de su apariencia de rica criolla. Conocía un turbio cabaret en la Rue des Martyrs, cuyo propietario, antiguo presidiario, había sido un compañero de cárcel. Aún era temprano para "La Cagnotte du Sexe", un local donde los travestis brasileños nostálgicos del samba, junto con otros nostálgicos de la danza del vientre, venían a desmelenarse después del duro trabajo nocturno. La entrada olía a meados y a éter. En el salón propiamente dicho, una vieja travesti negra roncaba tirada sobre un banco. El lugar no era del todo sórdido. En un ángulo, al lado de la barra, se alzaba un minúsculo teatrillo, donde los travestis montaban pequeños espectáculos. Lulú, el propietario, besó la mano de María José y los hizo sentar a una mesa. María José se preguntó si resistiría mucho tiempo en aquel antro. Le molestaba sobre todo verse sentada al lado de un taxista tan popular en todo Pigalle. Les trajeron una botella de champán de garrafón, y Julio Iglesias empezó a sonar en el juke-box. Lulú, el dueño, se excusó repetidamente por la poca animación que mostraba el local a aquellas horas, aunque aseguró que la clientela chic no tardaría en hacer su aparición. Entretanto, intentaría despertar a la travesti negra para que les hiciera un número en play-back, pero la negra dormía como un tronco. María José, de pronto, se sintió a sus anchas, como si recuperara su infancia de la favela de Misiones. Marcel y ella rieron de buena gana al ver las inútiles patadas que Lulú le propinaba en el culo a la travesti, que seguía durmiendo como si tal cosa. Entre ronquido y ronquido, pudo oírse que decía:
-jPatrón de mierda!
María José se sobresaltó al reconocer la expresión y la voz. ¡Era su hermano mayor, Pedro, el asqueroso hermano que la había prostituido desde su más tierna infancia y la había vendido a Louis du Corbeau! Había venido a engrosar las filas de los travestis del Tercer Mundo que adornan las aceras de Pigalle, en su mayoría fornidos mancebos a los que unos médicos carniceros castraban sin más contemplaciones, hinchándoles luego los pechos con parafinas, antes de soltarlos, para que se las arreglaran como mejor supieran, con una jeringa de hormonas en una mano y una jeringa de heroína en la otra. María José se preguntó si el odio que sentía por Pedro no habría jugado algún papel en la consumación de su atroz destino. Tal vez poseía más poderes de los que sospechaba. ¿Por qué, si no, de todos los lugares donde hubiera podido recalar en París había ido a dar precisamente a aquel antro? Por un momento sospechó que Marcel, el taxista, fuera el autor de todo aquel montaje. Pero era absurdo, ¿cómo podía él conocer el parentesco entre aquel horrible travesti y la hermosa María José? La coincidencia, con todo, era demasiado grande, y el azar nunca hace tan bien las cosas. La puerta del bar se abrió en aquel momento, y Louis du Corbeau hizo su aparición. Marcel y Lulú se inclinaron hasta el suelo.
-Te entrego en manos de tu hermano mayor, que es donde te encontré. Puedes quedarte con los aretes y con el dinero que llevas encima.
Había un cuchillo de cortar el pan sobre la barra. María José se concentró en su deseo de verlo hundirse en el corazón de Louis du Corbeau, pero nada de esto ocurrió. Había perdido sus poderes. Pasó el resto de sus días trabajando en la Rue des Martyrs al lado de su hermano Pedro, y murió de una sobredosis en los retretes de "La Cagnotte du Sexe", a la edad de veintiséis años.